martes, 15 de septiembre de 2015

Primero de la universidad: Arcanología I

            El profesor se acercó a la puerta del aula. Se quedó por un momento de pie e inspiró profundamente. Esperaba que le valiese con el carajillo especial de la cantina de docentes para aguantar.  Lo preparaba el catedrático de Antropología Tribal y nunca aclaraba qué llevaba. Sólo que se lo había sacado a alguna tribu y que sus chamanes lo usaban para “ponerse a tono” antes de hablar con los dioses. Aquí le echaban sólo dos gotas, con la tercera te subías por las paredes (literalmente) y comenzabas a hablar con los muebles. Pero con las dos, lo único que conseguías era que se fuesen las ganas de suicidarte. Vamos, lo que es normal en un día habitual como enseñante.
            Pero ahora tenía que  empezar, así que hizo el último acopio de fuerzas y entró. Cuando pasó, se oía a los alumnos hablar pero nada más verlo se callaron. En realidad eso no era bueno, no en primero y menos aún en esta asignatura. El maestro se acercó con cuidado a su mesa intentando mirar dónde pisaba, no era la primera vez que le ponían algo raro en el suelo. En una escuela habitual, lo más que te podías esperar es que te pusiesen una chincheta en la silla, algo apestoso o pegamento en el borrador de la pizarra. Pero siendo esta una institución arcana, más valía andarse con cuidado. Un compañero suyo que era especialmente duro con sus alumnos se topó con problemas serios… Se olvidó de que nunca era buena idea enfadar a magos que estaban aprendiendo a usar hechizos de fuego. Todavía no le había terminado de crecer la ceja derecha.
            Dio varios pasos sobre el embaldosado intentando evitar posibles ángulos de tiro de conjuros que temía que usasen contra él. También se aseguró de comprobar si le habían dejado algo invisible, imagina, caminar tan tranquilo y de repente hay un puercoespín que no ves. Luego, examinó su asiento y la mesa, pero todo parecía inocuo. Nada de presencias pavorosas en los cajones, pentáculos dibujados cargados de maldiciones ni nada así. Todo estaba limpio y hasta había una manzana. El profesor se sintió fatal por ser tan desconfiado. Mira que eran buenos, él pensando que lo trincharían vivo y hasta le traían un obsequio clásico para maestros. Con ilusión, estiró su mano hacia el fruto para probarlo cuando el vegetal se movió. Por un momento creyó que era cosa suya, así que volvió a intentar agarrarla y ella se movió ligeramente a un lado. Sin pensar siquiera en que podría ser algo peligroso, probó de nuevo y sucedió lo mismo. Entonces se quedó quieto, como quien no quiere la cosa ni pensase en ello. Hasta miró en otra dirección. Pero de repente, con un movimiento veloz y ágil, deslizó su mano hacia ella dispuesta a capturarla. Sin embargo, la manzana no se dejó pillar tan fácilmente y ahora no es que se deslizase, es que se fue corriendo. Él pudo ver claramente como tenía dos piernas que le permitieron dar unas cuantas zancadas y escaparse. La fruta se acercó al borde del escritorio, cogió impulso y saltó al vacío alejándose a toda prisa.
-          Muy buena, esa no me la veía venir –dijo el profesor-. Aunque no pienso ir a buscarla. O alguien la encuentra o se quedan aquí hasta que lo logren. ¿Se creen que es broma? Como se nota que son de primero, animar objetos puede dar problemas. No quiero toparme con esa manzana violando a la merienda de alguien o montando una civilización en esta aula. Y ahora, empecemos con…
Su discurso se vio interrumpido por un sonido gutural y profundo. Era un eructo en toda regla pero no parecía del todo humano. Sonaba como una vaca con sinusitis eructando mientras rumiaba. Se le ocurrió de dónde podía venir y miró en esa dirección. Sí, justo lo que pensaba.

-          ¿Y quién ha sido el brillante prodigio que le ha dado de comer algo raro a la mantícora enana de la clase? ¡¿Es que no sabéis leer el cartel?! “No den de comer a la mantícora”. Tiene un estómago muy delicado y… -se oyó otro exabrupto del pobre animal y un sonido como un siseo-. ¿Ven? Ya le ha dado acidez de estómago. No se preocupen, la jaula resiste su vómito corrosivo, pero que luego alguien limpie las manchas del suelo, que nos come la baldosa. Y cuidado, pueden perder un dedo en sus fauces, no es que me importe pero luego las familias se quejan y son de lo más insufrible. Comencemos de una vez y sin interrupciones…

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